sábado, 18 de julio de 2026

CUENTOS QUE SON VERDAD DE PICODEORO / ROLANDO ALFONSO DELGADO

 

¡Picodeoro? Ni quiera la araña peluda. Rapidol nos atipuja con una sarta de cuentos que al leerlos creemos que son totalmente ciertos, peor si estamos con unos cuantos piquinyukis entre pecho y espalda oyéndolo con su voz de locutor radiofónico esculpida en la escritura.

 Su infancia habitando en Casa Parroquial, donde el tío padrino lo entrena para que alcance bienandanzas, quizá santidad enfrentando pecados, escuchando premoniciones inquietantes y presagios adversos. ¡Se lo pudo haber llevado el Diablo! pero ni ese lo doblegó, él no creía en su liderazgo, Rolando Alfonso ha sido bendecido y devoto de la iglesia católica romana.

 A los curas vemos presente en las historias de Rolando Alfonso educado por sacerdotes, activo en liturgias y procesiones y extremaunciones, aprendiendo del padre Chon, de comportamiento muy particular, y que éste para no heder expeliendo sudor envuelto en sotana se untaba limón en los sobacos, otros se embijaban un puñado de cal.

 Todo eso lo cuenta, y le creo su vivencia porque describe al personaje: “era bajito, de ojos muy vivos, cabello ondulado, gordito y muy bueno a la muela”; también es verídico que Picodeoro se juntó con “gente popof” y “gente de cuartería” donde con otros chigüines que la habitaban se ponían a “ispiar por un hoyito entre las tablas a las mujeres que se bañaban”, igualmente nos narra otros encaves de chavalos.

 Agapito, Turcios, y Tiburcio, por ejemplo, eran compinches de juerga, con quienes se lanzaba “sus cañonazos con jocote y sal” algunas veces “coyoteando”, aunque al día siguiente amanecía buscando “la medalla” porque “no aguantaba la gran goma”, y “salía en guinda” directo al estanco a solicitar la medicina y tragarse “un cuarto”.

 Y es que este Picodeoro “tiene más leche que un sapo”, algunas veces, a las tres de la mañana, iba a golpear la puerta del cantinero para comprar “la pacha” y éste le abría sin rezongar para que se le “calmara la temblorina”.

 Aun así, viviendo en guerra, es decir, piruquiando, siendo un reconocido cronista de “hight bol”, Picodeoro fue puntual en el estadio beisbolero en cualquier parte del país. En Matagalpa, engomado se bañaba con agua helada de barril en el patio nebuloso, después de haber sido despertado por los primeros cantos del gallo chiricano y tragarse un buen “guaspirolazo en veladora” que lo calentara pasándolo con agüita de olla de barro. Seguidamente degustaba su cafecito de palo vertido desde la jarra en el fogón y “salía en guinda” a su trabajo.

 Luego de muchas francachelas dionisíacas Picodeoro “le hizo huevo”, y lo demostró cuando ganó el premio mayor de la lotería, “se amarró los pantalones” priorizó a su familia y se apartó de la manada de “coyotes” que babeando ansiosos lo incitaban a tragarse todos los billetes en romería por las cantinas de Matagalpa, acompañados por “banda de chicheros”.

  Las “cantiadas” que vivió Picodeoro no fueron sólo por las alegres guareras y las sufridas “bascas secas”, o por el impacto que siendo niño le causó la mujer encuerada, o “la palmazón” y lo “enamorisquiado” que era, o por ingeniárselas para sustentar a la marimba de cipotes. Hay mucho más que leer de sus experiencias, imaginarse cuando “gedía a berrinche de gatos del barbero Vargas”.

 Pero su vida “pujando como macho en subida” para superarse no ha sido sólo de encaves, los destaco porque son jocosos y no tan dañinos, mucho menos delictivos, alegrías hay cantidad que leer en el libro “Con la voz en la pluma”, principalmente su satisfacción por los varios calendarios en la radiodifusión recorriendo el país, los vericuetos de los cronistas deportivos, sus vínculos con decenas de personajes, muchas anécdotas que disfrutó alegre “saltando como ternero moto”.

 Es “tronco de libro” el de Picodeoro, a mí no me crea nadita de este escrito, compruébelo usted.

 Matagalpa, 18 julio 2026

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