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Fragmento de mural en el Rincón de los suspiros agónicos, elaborado por Luis Alberto Centeno,
Matagalpa. |
Rostro
y cuerpo de mujer han sido objeto de comercio. Desde la antigüedad, miles de
mujeres sufren vendidas como esclavas sexuales para enriquecimiento de sus
captores.
Otras,
voluntarias ofertan su carne para que machos se sacien y sacarles dinero, o se
convierten en estrellas visuales de la pornografía con ingresos monetarios envidiables.
Sin
llegar a los extremos del mercadeo mencionado -mejor debería escribir marketing
para que sea fashion- actualmente producto de la comunicación masiva, hembras con
atuendo mínimo provocan la lujuria de millones que desembolsan billetes por
apreciarlas, otras interactúan sexualmente en videollamadas.
El
precio se establece por cualidades físicas femeninas y demandas libidinosas del
pagador que podría demandar también mayores, maduras y hasta viejas, con disímiles
figuras, porque para todos hay gustos y colores.
Niñas
son involucradas en las transacciones financieras, aunque en muchos países sea
delito, y en otros no importa el daño que causan a las menores incluso legalizando
uniones íntimas, o en espectáculos -denominados preparación para el éxito- donde
ellas compiten mostrándolas epicúreas.
En la
vorágine social motivando la utilidad de la apariencia para recibir admiración
y ganancias las involucran desde que inician la pubertad, durante la adolescencia,
y la juventud.
Viernes
31 de julio 2026
*Nota:
Foto que hice, en 2015. Sólo la utilizo para ilustrar
sin vincular al texto.
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